El propio Ejército define su razón de ser: preservar la paz, garantizar la soberanía nacional, mantener la integridad territorial y proteger a la población, instituciones y recursos vitales del país, frente a cualquier amenaza o agresión externa. Y ello lo debe hacer con obediencia al Poder Ejecutivo, no deliberante, según establece nuestra Constitución Política.
Sin embargo, la emancipación de la corona española, la defensa del territorio, las grandes batallas y héroes que memorizan los niños en la escuela, tienen matices y episodios “vergonzosos” -en palabras del historiador Gabriel Salazar- donde los intereses políticos y particulares motivaron matanzas en el seno del propio pueblo chileno.
Batalla de Lircay
De acuerdo a la historia oficial, el 17 de abril de 1830 un enfrentamiento en la ribera del río Lircay dio fin a la guerra civil que selló el triunfo de las fuerzas conservadoras de Diego Portales por sobre los liberales. Las bases de la República de Chile, con un estado autoritario, se cimentaron con más de 200 muertos a su haber.
Para Salazar, se trataba de “un ejército mercenario improvisado por el patriciado mercantil santiaguino”, que derrotó y descuartizó a hachazos al “ejército ciudadano que había ganado la guerra de la Independencia”.
“Pacificación” de La Araucanía
Desde 1860, los intereses económicos, militares y políticos obligaban al Estado chileno a dominar definitivamente los territorios mapuche, que mantenían su independencia, defendida por más de tres siglos, por medio de la fuerza y por sucesivos tratados.
Es “una de las páginas más negras de la historia de Chile”, en palabras del historiador y antropólogo José Bengoa. El ejército chileno usó los métodos más bárbaros de la guerra: mataron mujeres y niños, quemaron sus casas y robaron miles de cabezas de ganado. En 1869, los diarios de la época ya hablaban de una “guerra de exterminio”.
Si bien sólo se quedaron como testigos los adornados partes militares, se calculan en varios miles los mapuche masacrados y muchos más murieron como consecuencia del exterminio, desplazados, empobrecidos y hambrientos, según relata Bengoa en sus libros.
Masacres obreras a inicios del siglo XX
Dos años antes, una huelga de portuarios en Valparaíso terminó con 50 muertos; luego, en 1906, las fuerzas armadas frenaron una huelga en ferrocarriles de Antofagasta, matando a trabajadores en una cifra que oscila entre los 50 y 300, según distintas versiones.
Matanza en la Escuela Santa María de Iquique
Miles de trabajadores del salitre y sus familias marcharon a Iquique en diciembre de 1907 exigiendo al gobierno apoyar sus urgentes demandas. Cuando la huelga ya superaba los 20 mil paralizados, el gobierno ordenó al ejército desalojar a los manifestantes que se instalaron en la Escuela Domingo Santa María y ante su negativa, comenzó la masacre. Hombres, mujeres y niños fueron acribillados en las salas, pasillos y en el exterior del establecimiento.
De Tarapacá a Puerto Montt: el reguero de sangre continuó
Más al sur y en 1934, entre 100 y 200 campesinos, trabajadores y mapuche murieron cuando marchaban armados a Temuco, en lo que se llamó la “Masacre de Ránquil”. También se recuerda la muerte de 10 pobladores en Puerto Montt -una niña de 9 meses entre ellos-, en marzo de 1969, cuando el gobierno ordenó a Carabineros el desalojo de una toma de terrenos en el sector Pampa Irigoin.
Golpe de Estado y crímenes de lesa humanidad
La legitimidad del quiebre de la institucionalidad democrática aún divide a los chilenos. Pero lo que cada día suma condenas transversales son las violaciones a los derechos humanos, consideradas absolutamente injustificables y “atroces” por nuevas generaciones de sectores antes aliados al régimen, como la UDI.
En cifras, cerca de 35 mil personas fueron víctimas de violaciones a sus derechos fundamentales. De ellas, 28 mil fueron torturadas, 2.279 ejecutados y 1.248 permanecen en situación de detenidos desaparecidos.

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